México en la Encrucijada

El primero de julio los mexicanos le dieron su voto mayoritario al candidato presidencial del PRI, Enrique Peña Nieto.  Sólo 12 años atrás los electores habían optado por la alternancia despúes de que el partido tricolor gobernara durante 71 años.  Muchos mexicanos fruncen el ceño y parecen no entender exáctamente qué sucedió el día de la elección o por qué está de regreso el PRI, un partido que por mucho tiempo se le ha considerado como enemigo público de la democracia.

Las teorias de ciencia política pueden explicar con naturalidad la vuelta de un viejo partido al poder. Después de todo, la alternancia es un fenómeno sano y recurrente en cualquier democracia consolidada en el mundo. Sin embargo, un vistazo a las prácticas históricas del PRI, aún habiendo perdido la presidencia de la república en las elecciones del 2000, darán cuenta de su pragmatismo obstinado y su resistencia a la renovación.

El PRI no se ha desprendido de su pasado porque ni la estructura política en México, ni sus ciudadanos lo han hecho. En realidad, el PRI nunca perdió del todo el poder: ha conservado la mayoría de las entidades federativas y durante los 12 años de alternancia tuvo mayoría en el Congreso en más de una legislatura.

Peña Nieto no ganó porque haya logrado construir un proyecto de nación con la ciudadanía o porque haya elaborado las propuestas más claras de gobierno, ni porque haya inspirado con su visión a los cerca de 20 millones de mexicanos que votaron por él. Se trata, en buena medida, de una victoria consumada a partir de un proceso de eliminación; por un rechazo generalizado al gobierno de derecha; y una desconfianza en la izquierda que no pudo superar el daño que a sí misma se hizo hace seis años, cuando López Obrador optó por ignorar el fallo de las instituciones y tomar las calles de la Ciudad de México.

El virtual presidente de México llegará a Los Pinos de una manera muy cuestionable. Peña Nieto fue un candidato construido con ayuda de una ponderosa alianza con Televisa y TV Azteca, la dos televisoras que acaparan la señal abierta de México y con el derroche de dinero en publicidad, incluso rebasando, según sus detractores, los topes fijados por la ley electoral en 332 millones de pesos. Después de las revelaciones de Jo Tuckman en el diario británico The Guardian, quedan pocas dudas de un acuerdo Televisa-Peña Nieto. Se trata, además, de una flagrante violación al artículo 134 constitucional, que prohíbe la propaganda personalizada. Si bien no hay pruebas que concluyan un fraude electoral, el hecho que enturbió más la elección presidencial fue la compra y coacción del voto, practicada principalmente por el PRI.

Otros indicadores pueden ayudar a explicar el resultado de la elección. De acuerdo con cifras del Banco Mundial, apenas el 31 por ciento de la población en México usa internet, por debajo de países latinoamericanos como Brasil (42 por ciento), lo que muestra el rezago digital del país. La educación en México está secuestrada por el SNTE, el cual ha ido más allá de la defensa de sus trabajadores para incidir negativamente en la calidad educativa. México ocupa el último lugar entre los países de la OCDE en cuanto al desempeño de sus estudiantes en pruebas internacionales como PISA. No es de sorprender, entonces, que un candidato como Peña Nieto haya ganado la elección. La forma en la que llega a la silla presidencial no es sino un reflejo del rezago educativo en este país.

A la luz de la lucha social que se dio en países de larga tradición autoritaria, con la consecuente caída de dictaduras en Africa del Norte y el Medio Oriente, muchos hubieran deseado la aparición de una ola demcorática que se propagaría a países de otras regiones del mundo, incluida América Latina y, en especial, México, un país que había sido sutilmente domado por una perfecta dictadura. Muchos hubieran esperado, además, que las viejas prácticas antidemocráticas del PRI se mantendrían marginadas para abrirle paso a algún movimiento social-demócrata de gran envergadura. El resultado de la elección presidencial del 1 de julio muestra, sin embargo, que la llama priísta hace mella en el presente mexicano y que, lejos de extinguirse, podría ganar fuerza y extenderse en los años por venir.

En efecto, recientes acontecimientos internacionales nos muestran el peligro latente que supone postergar el avance democrático. En Taiwán, el Kuomintang –otro partido autoritario–, fue capaz de sobrevivir y este año ganó la elección presidencial; el retorno de Vladimir Putin a la presidencia de Rusia, un país que disolvió al Partido Comunista hace 21 años, amenaza a su joven democracia; Honduras sufrió un golpe militar en 2009 contra Manuel Zelaya; en Paraguay, el Partido Colorado, que gobernó ese país de manera autoritaria e ininterrumpida por 61 años, acaba de lograr, con auxilio de otros partidos, la destitución del presidente de izquierda Fernando Lugo; En Siria, la fuerza autoritaria se ha robustecido y la sangre corre a raudales. En suma, la antidemocracia no ha dejado de dar la pelea en el mundo.

Por otro lado, hay señales alentadoras en favor de la democracia. Me niego a pensar que el retorno del PRI a la presidencia es una vuelta al México autoritario y antidemocrático de gran parte del siglo XX. México se ha subido al barco de la globalización y ello contrae beneficios y responsabilidades.

La población de México se ha multiplicado siete veces en un siglo. Sólo otros 10 países en el mundo tienen más habitantes. Si sumamos los 11 y medio millones de mexicanos que viven en Estados Unidos, la población supera los 123 millones.

A pesar de la sensación de parálisis y estancamiento que rige el imaginario de los mexicanos, el país lleva tres lustros sin ser sacudido por una crisis financiera como las que padecía cada 6 años desde 1976. La consecuencia de esa estabilidad es el ensanchamiento de la clase media, con una reducción de la pobreza, e incluso con una contención pequeña pero sostenida de la desigualdad. Pese a la dramática caída del PIB en 2009, como resultado de la catástrofe financiera originada en Estados Unidos, al finalizar 2010 el ingreso per cápita de los mexicanos era de 13 mil 900 dólares. Comparado con las dos economías más grandes de América Latina, el ingreso per cápita de México resulta inferior al de Chile, con 15 mil 400 dólares, pero superior al de Brasil, con 10 mil 800. En materia de desigualdad, según datos de la CEPAL, México redujo su coeficiente Gini en más de cinco por ciento entre 1999 y 2008, Brasil en tres por ciento y Chile en uno por ciento.

De la misma manera, México ha realizado avances sustanciales en materia política y electoral. Hoy el país goza de un sistema de contrapesos, hay mayor rendición de cuentas, la corrupción ha dejado de ser sistemática y tiene instituciones que garantizan elecciones limpias.

México también ha sido parte del papel creciente de las redes sociales. En 2012, se propició un flujo amplio y oportuno de información sobre los candidatos en Facebook, Twitter y YouTube, que complementó a aquélla ofrecida por los medios tradicionales. Además, aún sin ser lo suficientemente poderosas, las redes sociales son un contrapeso cada vez más eficaz contra los vicios de las televisoras en México.

Pese a los notables avances, México aún camina sobre una línea muy delgada y no puede confiarse. La democracia ha tenido un crecimiento sinuoso y doloroso en este país. Así lo muestra, sobre todo, el lento surgimiento de una sociedad madura y responsable. Poco a poco el país se va haciendo de ciudadanos que participan más en los asuntos públicos, pero necesita de más.

Resulta gratificante la masiva participación ciudadana -más del 63 por ciento de la lista nominal- en la jornada electoral. Miles de ciudadanos se formaron bajo la lluvia para emitir su voto y otros miles más se desempeñaron como funcionarios de casilla.

México podría estar despertando de su letargo y este es el momento ideal para generar la base ciudadana y los mecanismos que sirvan como contrapeso de un gobierno que tendrá la tentación de recurrir al autoritarismo, al clientelismo, al corporativismo y a la corrupción para alcanzar sus fines. Trendrá esa tentación no porque no haya verdaderos demócratas en sus filas, sino porque los partidos politicos, como señala Maurice Duverger, conservan la carga genética que adquirieron desde su origen.

A diferencia del siglo pasado, el PRI gobernará un conjunto de ciudadanos y no de súbditos. La clase media en el país ha aumentado sustancialmente y un número creciente  de jóvenes quieren ser partícipes de un cambio de fondo, tal como lo ha mostrado el movimiento #yosoy132, que a pesar de su aparente sesgo político, ha tenido el gran mérito de despertar el interés de la gente en la elección. Claramente, los mexicanos decidieron no darle poder completo al PRI, quien no tendrá la mayoría en el Congreso como se esperaba.

Sin embargo, la tarea de los ciudadanos no terminó con la elección. Haber repartido los puestos de elección popular no será suficiente. El gobierno de Peña tendrá los incentivos de entregar resultados sólo en la medida en que se haga efectivo el escrutinio de los ciudadanos y la única manera de lograrlo es teniendo ciudadanos informados. Gran parte del poder de la élite política radica en el monopolio de la información que aún sustenta. Una vez que el acceso a la información se hace público y generalizado, los ciudadanos tienen las herramientas para exigir cuentas.

De continuar la escasez de reformas estructurales el descontento de la población sera aún mayor, en especial de los jóvenes, quienes en una cantidad considerable se han mostrado irascibles tras la elección. Un error o la falta de resultados puede hacer estallar al pais. Por eso creo que el PRI tiene los incentivos suficientes para generar un gobierno con los ciudadanos y con las fuerzas opositoras que brinde resultados. Pero estos incentivos tienen que ser creados por los ciudadanos. Hay que depender menos del gobierno pero ser críticos de él y exigirle rendición de cuentas.

México está en una encrucijada y tiene que decidir si vuelve al pasado autoritario del que tanto trabajo le costó salir o si da un salto hacia adelante para fortalecer su joven democracia. Durante los próximos 3 años – antes de las elecciones intermedias de 2015– asistiremos a una prueba histórica de una nación que lucha por despertar de su letargo. La defensa de la democracia será, en última instancia, la construcción de un futuro para México por los mexicanos. Se trata de un momento histórico cuyo resultado podría tener un impacto decisivo en la construcción de la democracia, no sólo en México, sino en el resto de América Latina.

México es un país mejor y más grande que el que está en la cabeza de la mayoría de los mexicanos. Los mexicanos tienen que empezar a pensar un futuro. Es tiempo de ejercer un patriotismo inteligente y defender las instituciones del país. Es tiempo, sobre todo, de asumir la responsabilidad histórica que tienen los mexicanos. Hacer valer su joven democracia significa crecer, modernizarse, progresar y reducir las desigualdad. De ello depende su bienestar y su posición en el mundo.

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