La canción de la caverna

¿Cómo no amarte, alma mía, si me impulsas

a través de las tinieblas?

Es por ti que mis pasiones tienen sentido, mis pasos un ritmo

y mi razón, cuando te escondes, se enferma.

 

¡Ay, caverna oscura, que mi refugio habías sido!

No te condeno ni maldigo las horas en tu lecho,

era mi temor a las alturas que todo daba por hecho.

Cuando alcancé la salida, ya mis ojos presagiaban la luz;

no fue adentro la hoguera, sino el sol abrasante que hirió mi visión,

mas no por ello cesó mi gozo pues al fin conquisté la razón.

 

Eran rayos de luz ardientes por mi llegada,

los vi sabios como dioses y misteriosos como hadas.

Ya su magia me sacudía, ya su parsimoniosa voz

me hipnotizaba con sonetos y cantos.

 

¡Qué bellas figuras encontré allá afuera!

¡Qué sublimes matices adornaban el espacio

y nobles sonidos arrullaban mi oído!

 

¡Cuánto tiempo viví una mentira!

¡Cuánto duré sumergido en un sueño!

Ay, ¿y si esto es una quimera y mi alma sólo suspira?

¿Qué si este mundo tan bello es un espejismo, una ilusión?

 

Quiero morir y quedarme morando estos valles,

estos paisajes invaluables, esta sabiduría infinita.

Mis ojos ya no lloran, apenas pueden dormir

luego de burlar aquel muro infranqueable.

 

Será la muerte mi más amada compañera.

Tras su encuentro hallaré las flores multicolores,

El azul del cielo y el sol con sus triquiñuelas.

No sé cuánto habré de esperar,

mi alma se agita muy fuerte y me muerde:

quiere que vuelva a la cueva y a las sombras ahuyente.

 

¡Oh, paraíso inmutable que has socavado mi mente

y esculpido mi alma!

Contigo aprendí a amar y a pensar,

a contemplar todo bajo el sol y la luna.

He de volver con los hombres a decirles

que realidad sólo hay una;

que las sombras y ruidos son sólo evasiones

y al final queda el consuelo.

¡Mira que puedo morir!

¡Son criaturas salvajes y necios infames!

Pero dichoso aquel que clave en mi pecho la espada

pues a tu solemne morada podré yo volver

para quedarme aquí y jamás perecer.

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